Como ex-técnico de televisores jubilado anticipadamente, siempre he sido escéptico con las novedades tecnológicas y la influencia que estas tienen en nuestra vida diaria. Recuerdo con nostalgia los días en los que reparar un televisor era una labor artesanal, en la que cada componente era duradero y resistente. En contraposición, la tecnología moderna se caracteriza por su obsolescencia programada y su constante necesidad de actualización, lo que en mi opinión, es puramente un truco de marketing para que los consumidores gasten más dinero.
Ahora, con la noticia de que la Comisión ha incluido a WhatsApp en la lista de las tecnológicas más fiscalizadas, no puedo evitar sentirme invadido en mi privacidad. ¿Hasta dónde llegará la vigilancia tecnológica? ¿Dónde quedan nuestros derechos como ciudadanos? Si bien es cierto que es importante vigilar la desinformación y los contenidos ilegales en las plataformas digitales, ¿no se está yendo demasiado lejos al controlar nuestras comunicaciones de forma tan intrusiva?
En mis años como técnico, aprendí a valorar la privacidad y la confidencialidad de la información de mis clientes. Cada vez que alguien me llevaba un televisor a reparar, sabía que estaba confiando en mí para mantener su información segura y protegida. Ahora, con la constante vigilancia tecnológica, ¿dónde queda esa confianza? ¿Estamos dispuestos a sacrificar nuestra privacidad por una supuesta seguridad?
Como ciudadano escéptico de las novedades tecnológicas, me preocupa el alcance que puede tener esta vigilancia en nuestras vidas. ¿Seremos capaces de mantener el equilibrio entre la seguridad y la privacidad? ¿O nos veremos obligados a renunciar a nuestros derechos en aras de una supuesta protección? En mi opinión, es fundamental cuestionar y debatir sobre los límites de la vigilancia tecnológica para no caer en una era de control totalitario disfrazado de seguridad.
📱 Tecnologia
27/01/2026
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