Regular la IA en las universidades cuando ya es tarde: eso es marketing puro

El Gobierno va y saca un real decreto para “regular la IA en las universidades”. Que cada universidad tenga su código ético sobre el uso académico de la inteligencia artificial, que haya pautas para profesores y estudiantes, lo de siempre. Pues mire usted: eso es marketing puro, chaval. Llegáis tarde. Yo, que trabajé veinte años arreglando televisores y aparatos electrónicos, estos cambios los huelo a kilómetros, y la IA esa lleva ya dos años entrando en las universidades sin que nadie levantara una ceja. Ahora viene el real decreto, ahora viene el código ético, y los chavales llevan desde el 2024 entregando trabajos hechos con ChatGPT como si nada. Los profesores también, no se crean.
¿Y la otra historia? La de la AP-7 cerca de El Vendrell con límites de velocidad ajustados por IA en tiempo real, que te baja a sesenta si llueve y te sube a ciento cincuenta si está despejado. Eso, además de ser una excusa para multar a discreción, es una ridiculez técnica. ¿Sabe usted cuántos sensores hace falta para que un sistema decida en tres segundos si una autopista entera puede ir a ciento cincuenta sin matar a nadie? Yo se lo voy a decir: muchísimos más de los que la AP-7 tiene instalados ahora mismo. Eso es un experimento de marketing, no es seguridad vial. Y al primer accidente vamos a ver cómo el ministerio se lava las manos diciendo que “el sistema funcionó correctamente pero el conductor no respetó la señalización”. Apuntad.
Capgemini, el ERE. Os lo vengo diciendo desde que la IA empezó a programar funciones JavaScript decentes: las consultoras tecnológicas iban a ser las primeras en caer. Y aquí estamos. Antes los aparatos se reparaban, ahora se tiran y se compra otro. Antes los programadores se contrataban porque sabían pensar en algoritmos, ahora se contrata uno por cada cinco que despides porque la máquina hace su trabajo mientras se toma el café. Esto no es ningún misterio, es el ciclo de toda tecnología disruptiva. Y los que lo veíamos venir hablábamos de esto en los foros del 2022 y nos llamaban catastrofistas.
Yo con mi Nokia del 2005 hago lo mismo que mi sobrino con el iPhone de mil cuatrocientos euros: llamar y mandar mensajes. Y la batería me dura cinco días. ¿Que él tiene IA en el móvil que le dice qué restaurante reservar? Pues yo me leo la carta del bar de la esquina y me ahorro suscribirme a tres servicios premium con renovación automática. La diferencia entre alguien que entiende cómo funcionan los aparatos por dentro y alguien que solo aprieta botones es que el primero sabe lo que es marketing y lo que es ingeniería. Y de la IA en universidades, créeme, hay un cinco por ciento de ingeniería y un noventa y cinco por ciento de marketing. En mis tiempos esto no pasaba.



