Los números imaginarios y la inmortalidad: ¿realidades necesarias o absurdas para la salud?

Desde mi experiencia como ex-auxiliar de enfermería con 30 años de trayectoria en el centro de salud, no puedo evitar mostrar mi escepticismo ante la idea de que los números imaginarios sean imprescindibles para describir la realidad cuántica o que la inmortalidad sea una posibilidad real en la ciencia actual. Siempre he confiado en los remedios de la abuela y en la sabiduría popular, y creo firmemente que antes se sabía curar mejor sin tantos medicamentos y complicaciones.
Los médicos jóvenes de hoy en día parecen depender en exceso de la medicina moderna y de teorías científicas que, a mi parecer, se alejan de la realidad palpable. ¿Son realmente necesarios los números imaginarios para entender la salud y la enfermedad? Yo prefiero confiar en lo que mis ancestros me han enseñado a lo largo de los años: hierbas, infusiones, cataplasmas… remedios caseros que han demostrado su eficacia una y otra vez.
Recuerdo una vez que una compañera de trabajo se burlaba de mí por recomendarle un brebaje de ajo y limón para combatir un resfriado. Ella prefería acudir al médico y tomar medicamentos recetados. Sin embargo, al final fui yo quien se recuperó más rápidamente y sin efectos secundarios, mientras que ella sufrió una reacción alérgica a la medicina prescrita. ¿Quién se rió entonces?
En las jornadas Transvision 2025, donde se debatió sobre la inmortalidad y el envejecimiento, me sentí fuera de lugar. ¿Acaso es necesario enredar el rigor científico con el esperpento de querer vivir eternamente? Creo que la muerte es parte de la vida, y que debemos aceptarla con dignidad y naturalidad. La obsesión por prolongar la existencia a cualquier costo me parece absurda y contraria a la esencia humana.
En definitiva, creo que es importante mantener un equilibrio entre la medicina moderna y los remedios tradicionales. Los números imaginarios y la inmortalidad pueden ser conceptos interesantes desde un punto de vista teórico, pero no deberían alejarnos de lo realmente importante: cuidar de nuestra salud de manera holística, respetando nuestras raíces y tradiciones. Al final del día, lo que realmente importa es vivir en armonía con nuestro cuerpo y nuestro entorno, sin perder de vista nuestra humanidad.



