El aceite baja de cinco euros y ahora todos a freír con virgen extra: en mi casa, siempre

Pues ya está aquí la noticia del año, que me la leyó mi nieta del móvil con mucha ceremonia: el aceite de oliva virgen extra de marca blanca ha bajado de los cinco euros el litro. En Mercadona, el de Hacendado a 4,70; en otros sitios, marcas de toda la vida entre siete y nueve euros. Y la gente celebrándolo como si hubiera tocado la lotería. Hijos míos, que hace cuatro días costaba lo mismo que un perfume y había supermercados poniéndole alarma a las botellas. Que se nos olvida todo muy rápido.
Yo soy de Córdoba, y en Córdoba el aceite no se compra, se trae. Del primo que tiene olivos, de la cooperativa del pueblo, de la vecina que conoce a uno de Baena. Cuando estaba a doce euros, en mi casa no se dejó de freír ni un solo huevo con aceite de oliva, porque yo tenía mis garrafas guardadas en la despensa como otras guardan joyas. Mi consuegra, en cambio, se pasó al de girasol “para freír”, y todavía hoy le noto a sus croquetas ese sabor triste. No se lo digo, porque soy educada, pero se nota.
Y ahora que baja, ¿qué va a pasar? Que vendrán los de YouTube a decirnos que el virgen extra no es para freír, que se quema, que pierde propiedades, que eso es un desperdicio. Mentira. Las recetas de YouTube están mal. Mi madre frió con aceite de oliva toda la vida, mi abuela igual, y en mi pueblo hay señoras de noventa y tantos años que no han visto una botella de girasol más que en la tele. El aceite bueno aguanta la sartén perfectamente si no lo tienes echando humo como un tren, que ese es el problema: que la gente fríe con el fuego a tope porque tiene prisa.
Así que mi consejo, que es gratis: ahora que está barato, llenad la despensa, pero con cabeza. Garrafa de cinco litros, en un sitio oscuro y fresco, nada de ponerla al lado de la vitrocerámica para que quede mona. Y cuando la cosecha nueva salga, en noviembre, id probando antes de comprar en cantidad, que no todos los años sale igual. Con cuatro cosas se come mejor que en esos restaurantes: un buen pan, un tomate rallado y un chorreón de aceite de verdad. Lo demás son tonterías que se inventan para cobrar.



